Este Chardonnay es la elección ideal para quienes buscan un blanco con cuerpo y carácter. Es un vino que logra el equilibrio perfecto entre la frescura frutal típica de la variedad y la untuosidad que aporta su cuidada crianza en madera.
Varietal: 100% Chardonnay.
Crianza: Este vino realiza una crianza de 6 a 8 meses en barricas nuevas de roble (50% francés y 50% americano). Además, se realiza un trabajo de battonage (movimiento de borras) para ganar volumen y cremosidad en boca.
Graduación Alcohólica: 13.5% vol. (aprox. según cosecha).
Proveniente de los viñedos de la familia en Agrelo, Luján de Cuyo, Mendoza. La altitud de la zona permite que las uvas blancas conserven una excelente acidez natural, fundamental para que un vino con paso por madera se sienta fresco y vibrante.
Vista: Color amarillo intenso con matices dorados y destellos brillantes, reflejo de su madurez y paso por roble.
Nariz: Se perciben aromas a frutas tropicales maduras como ananá y banana, entrelazados con notas de miel, vainilla y un sutil toque de pan tostado aportado por la madera.
Boca: Es un vino untuoso, con buen volumen y una textura "mantecosa" muy agradable. Presenta una acidez equilibrada que le aporta frescura, con un final largo, elegante y marcadamente frutal.
Por su estructura y complejidad, es un blanco que acompaña platos de gran sabor:
Pescados y Mariscos: Pescados grasos como el salmón rosado o la trucha, y mariscos a la manteca.
Carnes Blancas: Pollo a la crema, pavo asado o carnes de cerdo con salsas suaves.
Pastas y Risottos: Risotto de hongos, pastas con salsa Alfredo (blanca) o rellenos de calabaza.
Quesos: Quesos de pasta blanda como el Brie o Camembert, y quesos semicurados.
La historia de la bodega es un relato de familia y arraigo. Fue fundada por la familia Muñoz López, inmigrantes españoles provenientes de Andalucía que llegaron a Mendoza en 1952.
En la década de los 70, Don Juan Muñoz López plantó las primeras vides en el agreste terreno de Agrelo, cuando pocos confiaban en el potencial de esa zona. El nombre "Las Perdices" nació de una anécdota personal: durante sus largas jornadas de trabajo en el campo virgen, Don Juan siempre se veía acompañado por grupos de perdices que habitaban el lugar. Al decidir que ese sería su hogar, bautizó el emprendimiento en honor a estas aves que simbolizan la perseverancia y el respeto por el entorno natural.
Hoy, bajo la dirección de la segunda generación (con el enólogo Juan Carlos Muñoz al frente), la bodega combina esa tradición artesanal con tecnología de vanguardia, posicionándose como un referente de calidad e innovación en la vitivinicultura argentina.